lunes, 18 de abril de 2011

Un macarrón gigante en Madrid rio (II).





Cuatro imágenes desde el interior del puente instalado sobre el Manzanares a la altura (un poco después según el curso del río) de Pirámides. La estructura de acero, que ya mencioné me recuerda no se si a un macarrón o a un fusilli gigante, se retuerce y para que no sea monótona se recubre parcialmente de una malla. Esta creará algún que otro problema de limpieza (ninguno si se cuenta con el correspondiente presupuesto y el civismo de quien lo cruza). La malla que lo envuelve crea espacios muy angostos en su parte inferior donde la suciedad, o simplemente hojas, se acumulan en lugares angulares de difícil acceso.
Lo bueno de esta malla es que proporcionará sombra tamizada en los días más duros del estío, y sera de agradecer. Así también permitirá un disfrute más placentero en semisombra de los bancos que surgen del desnivel que se produce por la diferencia de altura de los dos sentidos de cruce, aunque espero que el inicio y final de estos bancos en su arranque del suelo no provoquen muchos tropezones o caídas. Unas decorativas farolas en su interior provocan destellos y son el punto de apoyo a personas mayores.
Me resulta curioso que esta es la segunda intervención que conozco alrededor del puente de Toledo. Nunca paseé alrededor de unas estructuras rectilíneas en cemento y vegetal que existían bajo los arcos del puente en los lugares que dejaba sin cubrir el asfalto de la antigua M-30. Era un parque que observé en distintas ocasiones solo desde encima del puente y que era obvio que no funcionaba. Con el paso del tiempo se semi abandonó a su suerte y se llenaron de cartones y pintadas. Allá abajo quedaba cual escultura olvidada sin paseantes que lo disfrutaran, y quienes lo hacían no invitaban a los demás a compartir este espacio... no olvidemos público. Su problema era que se encontraba encajonado y no presentaba recorrido. No era parte de ningún recorrido ni obviamente presentaba un atractivo lo suficientemente fuerte como para justificar su visita.
Ahora se proyecta otro cambio. Más abierto, con menos recobecos, con más presencia de árboles y plantas. Con senderos para pasear en un recorrido longitudinal a lo largo de las riberas del Manzanares. Una apuesta por parte del Ayuntamiento de alto coste económico que de momento y con el elemento sorpresa funciona. En sí, como relajante paseo alejados de la presencia del tráfico (aunque se encuentra bajo tus pies) debería encontrar el la amplia población de Madrid un público constante en su visita para evitar su deterioro.
Y en cuanto al puente su recorrido se justifica ahora por la sorpresa. Conecta muy bien en la vertiente más cercana al centro, pero en su lado opuesto resulta algo confusa y larga en su conexión con el paseo por la ribera. Pero esto creo que son problemas puntuales que el día a día revela y que con imaginación o buscando el lado práctico se resolverán y no serán un escollo para su óptimo aprovechamiento.

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